icono-sumario ‘No encuentro tanta gente con el derecho a morir y con el honor de su muerte. Victorino, se ha muerto’

icono-sumario ‘Victorino supo que la tierra pertenece a la Tierra y que nosotros, él, sus hijos, sus nietos, pertenecen a la tierra que hace la Tierra’

icono-sumario ‘Son esos hombres cuyo rostro expresa sin careta alguna, el interior de su alma’

El honor de morir I GOOGLElinea-punteada-firma1

C.R.V. > Madridlinea-pie-fotos-noticias

Morir está al alcance de pocos. Reconozco pocas muertes en los últimos tiempos. Anoto alrededor ausencias que no se echan de menos, hombres susceptibles de sustitución, piezas fabricadas en serie para reponer, en el exacto lugar, a la que se quiebra. No todos los seres humanos gozan del derecho a morir y del honor de morir. Sucede que nos mentimos en exceso, en unos tiempos donde la mentira incluso supera a eso indecente que llamamos piedad. Cada vez mueren menos hombres y menos mujeres. Porque no todos mueren cuando decimos que han muerto. No. Los hombres y mujeres, mayoritariamente, se diluyen.  Poco a poco.  Como el terrón de azúcar  en un vaso de agua tibia. Los hombres se deshacen. No se mueren. Morir es la hostia. No encuentro tanta gente con el derecho a morir y con el honor de su muerte. Victorino, se ha muerto.

No es un malabarismo de palabras. No soy capaz de imaginar mayor forma genuina de servidumbre, que aquella que nos ha transformado en la no tierra, en la no agua, en el no sol. Con vértigo, y con el resultado de cómo somos hoy, hemos sobresalido en la transformación del hombre en una máquina satisfecha de ser máquina. Defensores en masa de su libertad esclava de falsos dogmas, apegados al violento trabajo que fomenta nuestra desaparición como seres humanos. Pretendemos vivir sin querer enterarnos de nuestra muerte, síntoma irrefutable de la involución del ser humano. He aquí la principal razón de que los seres humanos se deshacen. Pocos mueren. Victorino sí ha muerto.

Pero hay gente que es panadero, no por amasar dinero, sino porque le gusta hacer pan. Hay gente que es abogado por pasión al Derecho. Sólo por eso. Y hay quien fabrica toros, no por del pie de página de una foto o una barrera de primera fila social. Fabrica toros sólo por el gusto de hacerlos. Esa gente desea. Quiere. Sueña. Trabaja. Y, resulta que cuando alguien quiere y sueña y trabaja, el Mundo conspira para que pueda soñar, seguir queriendo y seguir trabajando. Un retrato de Victorino pasa por esa conspiración. Y el Mundo suele conspirar a favor de los hombres y de las mujeres que, en el caso de los toros, quieren hacer toros solo por amor de hacerlos. Porque esto implica muchas otras cuestiones.

Implica el buen uso de la tierra y de la Tierra, al saber que no nos pertenece para ser iconos de poderosos. La tierra y la Tierra jamás nos pertenece por el mero hecho de adquirir a un precio una finca. Tantos ganaderos creen que es suya. Victorino supo que la tierra pertenece a la Tierra y que nosotros, él, sus hijos, sus nietos, pertenecen a la tierra que hace la Tierra. Formamos parte de su suelo pues en su suelo vivimos y hacemos y a su suelo regresamos en un ciclo de poética ecología natural. Acá andamos de paso, pisando con cuidado de no pisar la bellota que cae, caminando por los suelos a los un día regresaremos para quedarnos. Todos regresamos a casa. A la tierra. Todos los que mueren. Como Victorino.

No hace falta ser un ejemplar fotogénico de la bohemia para serlo. Fotogénico en el sentido de noches de botella, o duelos de amor o vestidos a la moda de nadie o herrar fiestas con el hierro de la ostentación de tierra. Hay una bohemia que huele a lo que huele la madrugada, que tiene el sonido de lo que reclama el semental en celo. Hay personas que huelen a tierra, que saben a tierra, esos sabores y olores que han dado raíz a este país, como navegado siempre por nuestro adn de seres humanos. Una ganadería de bravo tiene el olor a tierra en celo. Siempre en celo de ser tierra. Eso es la ecología: en la práctica y en su descripción literaria.

Hay hombres hechos de científicos átomos, que no muere que se deshacen grano a grano, gramo a gramo, que van diluyendo su fórmula científica de compuestos naturales y químicos. Hombres que se derriten, hombres deshielo, hombres incendio, hombres sin tierra. Esa gente, cada día más numerosa, anda éxodo hacia un mundo de bárbaros, frecuentando en el camino las tabernas de las falsas, artes, de las falsas ecologías, de los falsos animalismos, de los falsarios seres humanos. Gente fabricada de partículas pegadas, de átomos encajados. Esos se deshacen, no se mueren. ¿Morir?.  Morir es algo grandioso. Siento, con una certeza cada vez mas inmune a cualquier duda, que solo existe una subespecie de ser humano con el derecho a morir y el honor de morir.

Son esos hombres cuyo rostro expresa sin careta alguna, el interior de su alma. Hombres que hacen honor a la verdad de su verdad todos los días de su vida. Hombres cuyo coraje físico es idéntico a su carga moral. Hombres tierra, hombres sol, hombres agua, hombres luna. Hombres capaz de grabar  con su mirada cómo la escarcha endurece la hierba y como el verano se bebe el rocío. Hombres no hechos de átomos. Hombres fabricados de historias, de sueños. Hombres hechos de relatos. Los hombres con el derecho a morir. Hombres con el honor de morir.

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